*Las voces que rodean a Sarita no son las de un taller industrial, sino las de una comunidad que ha aprendido a bordar la vida, punto por punto, sobre manteles, blusas, cortinas o servilletas; en este lugar de Contla de Juan Camatzi también se transmite algo más profundo: el tejido invisible de la identidad.
Beto Pérez
Contla de Juan Camatzi, Tlax. – En el taller de Ignacio, la tradición del tejido late como un corazón paciente. Un lugar donde el arte no sólo se mira, se toca o se compra: se aprende, se honra y se vive.
Cada hilo es memoria y cada color es una pregunta al pasado, una respuesta en el presente. Entre pigmentos que hoy sólo existen en una comunidad y que, por su escasez y valor simbólico, no se comercializan con facilidad, sin embargo, el compromiso de Ignacio y su taller es compartir lo que saben y lo que tienen: tintes, hilos, recetas y secretos.
La generosidad es parte del método, como la tierra fértil que se riega para que el futuro no muera.
El tejido empieza mucho antes del telar: primero en el papel, transformando ideas en estructuras, y después en el conteo metódico de hilos. Cada quien, desde Mariana hasta Sarita, interpreta el diseño con libertad, pero desde la raíz firme de la técnica familiar.
Los materiales cuentan historias lejanas: grana cochinilla, añil, palo de Brasil, pericón. Las fibras vienen de borregos cuidados en Australia, Argentina e Italia, donde la lana se cría como un tesoro, tan distinta de la mexicana, enfocada más en la carne que en la fibra. Aunque la lana mexicana es de increíble calidad, Ignacio confiesa que necesita buscar otras fibras para lograr hilos más delgados y resistentes.
Sarita, estudiante y prima de Ignacio, se encarga del proceso del teñido. El taller se convierte en laboratorio: ollas, alumbre, madejas, calor, y paciencia. Entre broma y enseñanza, va mostrando cómo el pericón suelta su amarillo, la grana cochinilla pincela rojos intensos y el añil, azul profundo, se obtiene de la indigófera, una planta delicada y escasa.
Todo, absolutamente todo, se hace a mano: se desmenuza la piedra, se remoja la lana, se prepara la fibra, se selecciona el hilo. “Las cosas aquí no se apresuran; hay algo de oración en la espera”, reflexiona Ignacio.
El teñido implica arte y ciencia. Se ocupa de manera meticulosa la piedra de la lumbre, un viejo desodorante natural, para fijar los colores. Los asistentes participan, toman fotos y preguntan sobre cada paso. Sarita relata cómo aprendió a tejer siendo niña, siguiendo el ejemplo de primas, tías, abuelas; cómo los procesos industriales y los artesanales dialogan en su mente, aunque son mundos distintos: el industrial es veloz y contaminante, el artesanal es lento y sustentable.
Aquí, el ciclo de la prenda es virtuoso: la fibra natural vuelve a la tierra, mientras que el poliéster y las fibras sintéticas tardan cien años en descomponerse. El taller, entonces, es también una lección ecológica: confeccionar con lo que la tierra da y devolverle lo mínimo posible.
El lugar es más que un espacio de creación, es la casa de la memoria. Mientras se hilan las madejas de color, acá se cuidan a los gatos y a la perra Vaquita, nombres cariñosos para los cómplices peludos que transitan entre lana y ovillos.
El telar de la abuela, restaurado por Ignacio después de años de abandono tras su fallecimiento, vibra de nuevo cada vez que un hilo cruza su estructura centenaria. Es una especie de exorcismo del olvido. “Honrar su memoria es no dejar que la labor caiga”, dice Ignacio, y en ello tiembla un amor profundo por quienes hicieron posible este presente.
Cada prenda es única, irrepetible. El diseño puede repetirse, pero nunca la mano ni su tiempo ni su personalidad. Para Ignacio el valor radica en ello. No hay prisa por vender; lo que importa es compartir el arte con los jóvenes, que el saber permanezca y se expanda en nuevos talleres y espacios. En el taller, la enseñanza es diaria: formar maestros, aprender y transmitir para que el linaje siga creciendo, para que la cadena jamás se rompa.
La enseñanza se expande, y los visitantes se vuelven aprendices. Se cuecen las fibras, se preparan los colores y se escuchan historias: anécdotas que van del humor a la nostalgia, recuerdos de infancia de pintar los labios con grana y ser regañada por la madre, viejos dichos sobre burros y perros en los pueblos, secretos transmitidos entre risas y recetas heredadas. Cada participante elige sus colores, cada madeja es sumergida con nombre propio y cada gesto, por más simple, es un eslabón en la cadena de la tradición.
Hay sorbos de café, pan dulce, gatos en los brazos. Entre una explicación de fibras vírgenes y el cuidado en abrir la madeja para que el tinte entre parejo, Sarita insiste: “No corten un tejido, ahí hay una historia”. Es el respeto absoluto a lo que significa crear algo a mano, a la genealogía que guarda cada manta, cada cobija, cada gabán.
Redes sociales del taller:
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