*El en altiplano central, sobrevive una antigua estación construida –se cree- durante la época porfiriana que hoy es un lienzo de arte urbano; en silecio aún ve pasar ruidosas locomotoras
Diego Mena
Santa Cruz Quilehtla, Tlax.- Los pálidos colores de la estación contrastan con las señaléticas decoloradas por el paso del tiempo; el silencio invade el lugar por las mañanas, cuando los trenes dejan de circular y los vagones quedan a la intemperie de las vías. El escenario se convierte en un lienzo de arte urbano.
El ambiente rocoso con vegetación seca y aire limpio adornan la antigua estación de tren en Quilehtla, un recuerdo de un México en el apogeo del transporte ferroviario, un símbolo de progreso, modernización y oligarquía porfiriana.
Viejos y enormes pedazos de metal recrean las vías de tren, rellenas de piedra que dan asilo a los vagones; enormes estructuras que transportan materiales sirven de lienzo para grafiti urbano, pintoresco, rebelde y de protesta.
No se tiene una fecha exacta de la construcción de la base de tren, pero se habla de 1887, época en que el porfiriato extendió kilométricas vías por todo el país para facilitar la movilidad de personas y de otros recursos en todo México.
La estación Quilehtla, asemeja una edificación de una casa habitación, con un viejo tejado; antaño punto de llegada para vagones de pasajeros, hoy de carga que todavía circulan, y se quedan parados por tiempos prolongados.
Los vagones que circulan por la estación, una de las más antiguas que conectan con Apizaco, atravesando por Chiautempan, se quedan quietos por las mañanas en Quilehtla, donde el llamado “muelle” los resguarda y vigila.
Y al caer la noche, los trenes aprovechan la oscuridad para moverse de estación en estación, evocando tiempos de bonanza del profirismo, pero también de aquella revolución que marcó a toda una nación.




