El maíz de Ixtenco, legado de los Yumúh

*Los habitantes de esta comunidad tlaxcalteca resguardan celosamente sus semillas sagradas del maíz de colores, único en su tipo y símbolo ancestral de su cultura; su variedad se manifiesta en una impresionante variedad de usos gastronómicos y artesanales

Nayeli Vélez

Ixtenco, Tlax.- En una de las laderas del volcán La Malinche, sagrado para la etnia otomí, se encuentra el municipio de San Juan Ixtenco, el último reducto de la cultura Yumúh y bastión de biodiversidad y tradición agrícola.

Los habitantes de esta comunidad luchan para preservar una de sus semillas sagradas; el maíz de colores, único en su tipo y símbolo ancestral de su cultura, ya que este grano, no solo es apreciado por la versatilidad de sus sabor y su peculiar apariencia multicolor; también representa la identidad de un pueblo y la defensa de su tierra.

En Ixtenco prevalecen variedades de maíz únicas en su tipo como el maíz morado, el maíz azul de hoja crema, el cacahuazintle de hoja crema, el maíz azul de hoja morada, el maíz amarillo, el cacahuazintle de hoja morada, el maíz trigueño, el maíz xocoyul, el maíz ancho, el maíz blanco criollo y los maíces combinados o pintos, resultantes de la mezcla de diferentes tipos. Esta diversidad genética no solo enriquece la dieta local, sino que también asegura la resiliencia del cultivo frente a plagas y enfermedades.

La importancia del maíz en la dieta mexicana es bien conocida, pero en este municipio de Tlaxcala, la creatividad y el respeto por esta planta sagrada alcanzan niveles extraordinarios. El arcoíris del maíz, reflejado en su diversidad de colores y formas, se manifiesta en una impresionante variedad de usos gastronómicos y artesanales. Desde los deliciosos tamales y tortillas hasta los tradicionales pinoles y el atole agrio o morado, cada platillo cuenta una historia de dedicación y orgullo comunitario.

Además de los usos gastronómicos, los habitantes de Ixtenco aprendieron a añadir valor al maíz de maneras que van más allá de la cocina, como las artesanías elaboradas con maíz; aretes, alfombras, cuadros, arcos elaborados con semillas que adornan los atrios de las iglesias en las celebraciones religiosas, que se han convertido en una fuente importante de ingresos, superando en muchas ocasiones las ganancias obtenidas de la venta del grano como tal. Esta diversificación no solo fortalece la economía local, sino que también promueve la preservación de las tradiciones y la creatividad artística de la comunidad.

La relación de la comunidad con el maíz criollo es una celebración continua de la vida, un testimonio de la riqueza cultural y natural de la región otomí. Así, en cada comida y cada artesanía, se encuentra el eco de una tradición milenaria que sigue floreciendo y lucha por la soberanía alimentaria, la defensa de la milpa, el maíz nativo y del campo.

 

 

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