“Chinto”, el espíritu rebelde de Tlaxcala 

*Don Jacinto García es uno de los más entrañables personajes de Tlaxcala; con su chaqueta de cuero y su cancionero de rock, recorre las calles de la ciudad para mantener viva la esencia del movimiento hippie de los años sesenta

Nayeli Vélez

Tlaxcala, Tlax.- En la explanada del mercado de Tlaxcala, entre el ajetreo de los marchantes, los puestos de frutas, verduras y los gritos de los locatarios, irrumpe de repente el estruendo de una bocina y una potente voz que entona “Satisfaction” de los Rolling Stones, con acento rural y espíritu rebelde.

Un hombre enfundando en una chaqueta de cuero, una cinta que rodea su larga cabellera blanca y la barba vetusta que alude a sus años y las miles de experiencias vividas, es el artífice de este concierto improvisado, que es bien recibido por los vendedores del mercado que ya conocen estos acordes.

Don Jacinto García Jiménez o “Chinto”, como lo conocen afectuosamente las personas que transitan por la ciudad, pone alma y corazón en cada interpretación y a sus 80 años, sigue proclamando lo mismo que en su juventud: amor, paz y música.

Este personaje entrañable de la ciudad, es originario de una localidad llamada San Andrés Cuamilpa del municipio de Texoloc.

Jacinto, más allá de ser un músico callejero, es para muchos que aprecian su original look y estilo de vida, el último hippie de Tlaxcala. Un sobreviviente de la contracultura, testigo de “Avándaro” –aquel festival de música que causó gran revuelo entre los conservadores de los años 60– y conocedor profundo de la música de los Beatles, Rolling Stones y Jim Morrison. “John Lennon era de mi edad”, dice entre risas, como quien rememora a un viejo compañero de viaje.

Con una mirada de añoranza y nostalgia por aquellos tiempos de gloria, Jacinto recuerda que a los 30 años, abrazó por completo el estilo de vida y las enseñanzas del movimiento hippie, aunque desde muy temprana edad, su corazón ya latía a ritmo de rock.

Desde entonces, su vida ha sido un vaivén entre acordes, comunas artesanales, y el aprendizaje autodidacta. Fue fotógrafo, lector ferviente de místicos tibetanos y, con los años, encontró en la Biblia una nueva fuente de sabiduría, pues con esa paz y parsimonia de quien ha vivido los altibajos de la vida, nos confiesa que ha memorizado 14 capítulos pese a su pérdida de visión.

Hoy, sin más escenario que el parque o los pasillos del mercado, Jacinto canta por gusto, no por limosna. “Aunque no me den nada, yo les canto. Es por amor”, dice mientras enumera su repertorio, que va de los Animals hasta Los Rockin’ Devils. Su vitalidad, dice, la debe a la música y a Dios, que “le recorre por dentro”.

No tiene redes sociales, pero comenta que es común que las personas que se encuentran con él le pidan una fotografía o una canción. Lo graban, lo aplauden, lo abrazan. Es un personaje querido, un alma libre que canta con entusiasmo y contagia su filosofía de vida. “Yo no veo el fin de mi tiempo. Mientras viva, voy a seguir cantando”.

A los jóvenes les aconseja leer, explorar, y si se van a “alivianar”, que sea con libros, conciencia y corazón. Él, mientras tanto, baila entre los pasillos del mercado como lo haría Mick Jagger y declara sin miedo: “yo sigo siendo hippie, perdón”.

 

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