*En el tumultuoso centro de Tlaxcala se erige una joya de la historia local: la picota, una estructura, aparentemente sencilla pero cargada de sombras; era donde se infringían castigos en la época de la colonia
Beto Pérez
Tlaxcala, Tlax. – Ubicada en el primer cuadro de la ciudad de Tlaxcala, la picota, una columna de piedra con un diseño robusto y austero, es un remanente del periodo colonial. Su presencia en la Plaza de la Constitución cuenta la historia de una sociedad que, en tiempos pasados, usó esta estructura para imponer justicia y disciplina.
Las picotas eran elementos comunes en las ciudades hispanoamericanas, utilizadas para ejecutar castigos públicos como el azote, la exhibición de los delincuentes o el escarnio público. Peores escenarios se pueden describir, inimaginables para nuestra contemporaneidad.
A primera vista, la picota de Tlaxcala podría parecer una pieza de arquitectura rústica, que resiste a la presión del área comercial. Turistas entusiastas posan frente a ella, colocan sus manos o ahorcan sus cuellos a manera de broma para tomarse una foto, pero este es un símbolo de la autoridad y del orden social de una época en la que la justicia se administraba de manera directa y, a menudo, severa.
El historiador Diego Muñoz Camargo la describe como “una piedra blanca que señorea toda la plaza”. Es cierto, son unos ojos vigilantes y, si bien, el bullicio de la ciudad intenta desesperadamente silenciar el temor que provoca, numerosos fantasmas emanan de esta piedra. Persiguen al despistado, suplican en las profundidades de la noche.
A medida que el sol se desplaza por el cielo, la picota cambia de matiz, proyectando sombras alargadas y reflejando la luz de manera que resalta su textura áspera. Si se le mira de cerca, no tiene una tonalidad gris homogénea, hay un rojo que intenta deslavarse constantemente. Su carácter es perturbador. En el silencio de la oscuridad, cuando la plaza se vacía y las luces se atenúan, la picota sigue allí, custodiando el recuerdo de una era en la que la plaza no solo era un lugar de encuentro, sino también un escenario de dolor, súplica y extremo sufrimiento.
La picota es un monumento a la persecución de lo diferente: un espacio para la muerte, para la aniquilación de la vida precolonial. Mujeres sabías, como la Tlahuelpuchi o Tlahuelpochi, brujas para el pensamiento occidental, fueron condenadas en este lugar.
Para calmar las penas que recorren esas calles, la picota fue adosada a una casa conectada al portal grande siglos después de la colonia. Sirve de marco para una franquicia nacional. Pero no puede ser desterrada del todo. Sobrevive, al igual que el dolor de quienes fueron sometidos al yugo del progreso conquistador.




