*La talla de madera de la familia en la comunidad de San Esteban Tizatlán se extiende por más de un siglo; desde niño, a Ricardo Molina se le permitió experimentar y con el tiempo expuso en México, Los Ángeles, Suiza y Perú.
Beto Pérez
Tlaxcala, Tlax.- Una máscara no es solo un trozo de madera tallada, es el testigo silencioso de la vida del hombre que la creó. En el taller de Ricardo Molina Sarmiento cada viruta que cae al suelo es un fragmento de una historia mucho más profunda que la de un simple oficio.
Es la crónica de un legado de cuatro generaciones que casi se quiebra bajo el peso del éxito y la tragedia, y la de un hombre que tuvo que despojarse de su título de “maestro” para reencontrarse como ser humano.
Sus obras no son meros objetos de arte popular; son mapas de su propia alma, tallados con la misma fuerza con la que la vida lo talló: a través del dolor, la fractura y un renacimiento forjado en la gratitud.
El linaje de los Molina en la talla de madera se extiende por más de un siglo. Ricardo creció en un ecosistema donde el trabajo artesanal era el lenguaje familiar. Sus primeros recuerdos son de pasillos impregnados del olor de la madera, de ver a sus abuelos y padres transformar bloques inertes en bastones de mando, tambores y esculturas.
Desde niño, se le permitió experimentar. Sus manos torpes de infante crearon piezas imperfectas que, con una sabiduría inmensa, su familia vendió sin críticas. Le enseñaron que el valor no estaba en la perfección, sino en el acto de crear. Un pequeño tambor que hizo en su niñez y que arrojó frustrado a un rincón, se convirtió décadas después en su tesoro más preciado: no por su belleza, sino por ser el recuerdo tangible del inicio de un sueño.
Ese sueño lo llevó lejos. Exposiciones en el Museo de Arte Popular, en Los Ángeles, Suiza y Perú. El nombre de Ricardo Molina se convirtió en sinónimo de maestría, el heredero de una tradición reconocida a nivel internacional.
Mientras su carrera ascendía, su vida personal se desmoronaba en una espiral de calamidades. Varios accidentes que lo dejaron al borde de la muerte, una deuda asfixiante tras la pandemia y el golpe más brutal: ver a su padre morir en sus brazos. El hombre exitoso, el artista aclamado, se encontró roto por dentro, creando por inercia, sumido en la tristeza, la rabia y una frustración que impregnaba cada pieza que salía de su taller.
La revelación llegó, como suele suceder, en el momento más inesperado. Durante un encuentro de mascareros en Teotihuacán, en medio de una ceremonia de apertura, un maestro de pueblos originarios lanzó una pregunta que atravesó a Ricardo como una gubia afilada: “Ustedes hacen las máscaras que se utilizan para rituales. ¿Con qué intención las hacen? ¿Qué energía le pones? ¿Tristeza, angustia, dolor… o le pones amor?”.
Esa interrogante lo dinamitó. Comprendió que su trabajo no era un acto técnico, sino una transferencia de energía. Recordó haber tallado una Virgen de los Dolores mientras su propio dolor por la pérdida de su padre lo consumía.
Se dio cuenta de que había estado enviando al mundo objetos sagrados cargados con su propia desesperación. La madera no era un lienzo inerte; era un conductor de su estado espiritual. Ese día, su concepción del arte y de sí mismo cambió para siempre.
Inició entonces un proceso consciente de reconstrucción. El acto de tallar se transformó en un ritual sagrado. Ahora, antes de tocar la madera, agradece al árbol que le dio la vida. Hace una pequeña ofrenda, canta o baila en el taller, buscando una conexión genuina. Aprendió a tener paciencia consigo mismo, posponiendo encargos importantes, como una escultura de la Virgen de Ocotlán, porque sabía que no podía crearla desde un lugar de conflicto.
Para honrar la pieza, primero debía sanar sus propias heridas. Descubrió que la paciencia que la madera le exigía era la misma que su alma necesitaba. Entendió que el arte no es una competencia por brillar, sino un acto de servicio y conexión recíproca.
Ricardo ya no se esconde tras la figura del “gran maestro”. Habla con una honestidad desarmante sobre sus ataques de ansiedad o su depresión. Su enfoque ya no está en la técnica impecable o los materiales exóticos, sino en la intención pura que deposita en cada obra.
Comprende ahora que es un eslabón en una cadena comunitaria: el que talla la máscara, el que la baila, el que toca la música, el que prepara la comida. Todos son parte de un todo, un ritual colectivo que da sentido a la existencia.
Las piezas que hoy salen de su taller no son solo el producto de cuatro generaciones de conocimiento técnico; son el resultado de un viaje de introspección brutal y sanador.
Cada una lleva consigo la gratitud de un hombre que sobrevivió a sus demonios y encontró en su oficio una forma de rezar, de agradecer por la bendición de estar vivo. Quien adquiere una de sus obras no se lleva un objeto, se lleva un fragmento de un alma que se rompió para poder tallarse a sí misma con más amor, paciencia y verdad.








