*Durante el mes de agosto, el Pueblo Mágico se viste de alfombras y tapetes multicolor para honrar a la Virgen de la Caridad, en la tradicional Noche que Nadie Duerme.
Naye Vélez
Huamantla, Tax.- Huamantla es un pueblo que se distingue por su ferviente devoción y por las manos prodigiosas de sus artesanos, de las cuales nace una de las expresiones efímeras más emblemáticas de Tlaxcala.
La Noche que Nadie Duerme -nombre que un periódico nacional dio a la celebración y que el tiempo hizo suyo-, es la celebración emblemática en la que kilómetros de alfombras y tapetes de aserrín de vivos colores se colocan sobre las principales calles para dar paso a la procesión de la Virgen de la Caridad, patrona y protectora del pueblo huamantleco.
Cada 14 de agosto, la ciudad se despierta antes del amanecer. Los artesanos miden, trazan y colocan moldes; el aserrín pintado se esparce con paciencia y precisión. El resultado es un mosaico que late con la fe de quienes lo crean, esperando la procesión que, con paso lento, abrirá camino entre incienso, cantos y oraciones.
Grecas prehispánicas, diseños florales, figuras geométricas y motivos religiosos; la creatividad desborda cuando se trata de plasmar, con toda devoción, los tapetes por donde pasará la imagen sagrada de la Virgen, acompañada de una nutrida procesión.
En ella participan acólitos, religiosos, fieles creyentes y turistas, todos atraídos por la parafernalia de luz, color y fervor que envuelve este ritual y que se prolonga durante toda la noche.
Llama la atención el carácter efímero de esta celebración religiosa; un arte que requiere meses de planeación y trabajo comunitario, y que, sin embargo, se desvanece bajo los pies de los devotos que honran a la Virgen de la Caridad, recordando sus milagros, su protección y su cobijo. Una obra que desaparece, pero que deja huella en la memoria, y que ha dado a esta fiesta un reconocimiento que cruza fronteras.
Desde la puesta hasta la salida del sol, las calles se llenan de arte y transforman a la ciudad en un lienzo vivo. El centro de Huamantla se convierte en una auténtica verbena, con faroles que iluminan los callejones, guirnaldas florales que cuelgan sobre la multitud y ríos de gente que se amontonan para admirar cada diseño antes de que la solemne procesión lo borre.
Entre el bullicio se encuentran antojitos mexicanos, dulces típicos como los famosos muéganos huamantlecos, bebidas de todo tipo —incluido el infaltable café con piquete—, así como artículos religiosos y recuerdos. Es la noche en que nadie duerme, la noche en que kilómetros de arte se afianzan como símbolo inequívoco de la fe, la tradición y la creatividad de los huamantlecos.




