Capilla, testimonio de la evangelización

*La Capilla del Rosario o “humilladero” es una joya arquitectónica que destaca por su diseño singular y su papel fundamental en los procesos evangelizadores que marcaron la historia colonial de Tlaxcala: forma parte del patrimonio mundial de la Unesco

Nayeli Vélez

Tlaxcala, Tlax.- Uno vestigio arquitectónico que despierta admiración por su estructura y simbolismo: la Capilla del Rosario, también conocida como Capilla Abierta, como la llaman comúnmente quienes transitan por el Conjunto Conventual Franciscano y el centro histórico de Tlaxcala.

Hablar de Tlaxcala y su papel en la construcción de la nación mexicana, tal como la concebimos hoy, implica reconocer los complejos procesos en los que participaron conquistadores españoles y pueblos originarios.

Entre estos, resalta el legado que perdura en la memoria a través de la exquisita arquitectura que decora la ciudad, próxima a celebrar medio milenio de historia y herencia.

Su origen, sin embargo, dista mucho del uso que hoy se le da —como escenario predilecto para vistosas sesiones fotográficas de bodas y XV años—. Construida en el siglo XVI, esta capilla fungía como humilladero: un espacio en el que los fieles, al término de un camino procesional, se detenían para hacer acto de contrición, arrepentirse de sus pecados y confesarse antes de ingresar al templo principal.

Este rito formaba parte esencial del proceso de conversión al cristianismo. Quienes cruzaban sus umbrales lo hacían con la convicción de haber purificado su espíritu y redimido sus culpas.

Hoy, la capilla integrada al patrimonio mundial de la UNESCO es una parada obligada para visitantes. Su imponente fachada es ya una postal imprescindible en los dispositivos móviles de quienes recorren este recinto histórico.

El acceso se enmarca en un frondoso sendero adornado por fresnos y jacarandas. Una calle empedrada conduce hasta una reja de hierro forjado que protege la capilla del vandalismo… y de las parejas de enamorados que, buscando privacidad, exploran sus rincones escondidos.

Al ingresar, lo primero que atrapa la mirada es su bóveda semihexagonal, donde resalta el estilo mudéjar —también visible en la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción— junto con columnas de fuste romano rematadas en punta de diamante.

La fachada, de aire casi feudal, está coronada por una cornisa saliente sostenida por macizos zapatones de piedra finamente moldurados. Al oriente, una de sus tres puertas deja ver señales inequívocas de antigüedad, en especial el alero, aún sostenido por sólidas zapatas. Se dice que la capilla estuvo decorada con bellos frescos, hoy desaparecidos, pero cuya memoria aún se percibe en la textura de sus muros.

Entre las dos escaleras que conducen al atrio principal del conjunto, se revela una de las vistas más privilegiadas y hermosas. Desde allí, la Torre Exenta del convento vigila este monumento, custodiando este espacio de recogimiento y devoción que, más allá de su historia penitencial, es un auténtico tesoro arquitectónico.

Con su sobria belleza y su pasado espiritual, la Capilla del Rosario enriquece con su presencia la antigua ciudad de Tlaxcala.

 

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